Carta a Efra

Este lunes me enteré de una terrible noticia: el fallecimiento de Efraín. Para mí no es simplemente una figura en la historia política de México, sino es una persona que acompaña mis recuerdos desde la infancia.

Comparto algunas anécdotas con Efraín. En mi infancia tuve la oportunidad de convivir con él ya que mi madre trabajó en la Secretaría de Educación Jalisco al mismo tiempo que Efraín fue Secretario. Me gustaba visitarlo por su amabilidad, especialmente hacia un niño. En una ocasión le pregunté en la sala de su casa cuántos idiomas dominaba y me responde: “expresarme sólo puedo en un idioma: Español.” Uno entiende después de los años y varias clases de lenguas a qué se refería. Pero no sólo eso, es una afirmación que implicaba humildad en sí misma, no era el número de lenguas –que por cierto, eran nueve-, era la capacidad de comunicar con el corazón.

En otro momento, recién egresado de la preparatoria acudí a él para pedirle consejo sobre el camino profesional. Crecí en un ambiente inmerso en la política, quería contribuir al trabajó realizado por mi familia. Tenía opciones para decidir entre carreras completamente distintas y acudí a Efraín un sábado para pedirle consejo. Después de casi dos horas de charla y expresarle mis opciones y las dudas al respecto me sugirió que siguiera mi vocación y no me arrepintiera. El derecho era la vocación de encontrar soluciones justas a la realidad histórica–aclaro, no olvido la parte positivista de la definición de Villoro Toranzo-. Eso hice y le agradezco siete años después su consejo.

Años más tarde, en la primer campaña que participé en política de forma activa (2009), los resultados fueron negativos en lo general, a pesar que en lo particular el candidato que me dio la oportunidad de colaborar con él, resultó ganador. Esa campaña era particularmente significativa porque mi tía era candidata en la planilla que pierde por primera vez después de cinco triunfos consecutivos en la Perla Tapatía. El día de cambio de gobierno comí con él, Monique, mi abuela y mi madre. Uno de los días más interesantes de mi vida. La tristeza de los resultados quedó yuxtapuesta por la enseñanza de edificar la Patria –sí, esta es expresión de Don Efraín-. Ese día entendí que ganar o perder no es esencial, sino que lo verdaderamente importante está en servir al otro. Efraín perdió en 1970, pero sirvió hasta el 2012.

En un homenaje a Don Efraín en 2010 hizo un comentario al pedir ayuda para no “firmar el suelo con la cara”. Con Efraín eso era imposible. Él vivía en una dimensión a la que debemos aspirar todos: con los pies en la tierra y los ojos en el cielo. Cierto estoy que obtuvo la victoria, no como fin perseguido, sino resultado de un ardua jornada en la que sin lugar a dudas, al final, en el encuentro entre el Ser y el infinito, escuchó “está bien”.

Siempre estaré agradecido por sus minutos, por sus corajes y, fiel a su estilo, sus plazos fatales en las visitas. Recordaré siempre la falacia del agua bendita y su blancura. Recordaré siempre que debo conducirme con objetividad sincera, es decir, humildad. En fin… no me queda más que decir gracias y hasta luego.

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